Ante todo, muchas gracias a todos los que de una forma u otra hicieron posible  que recibiera esta Distinción.

Quisiera comenzar pensando en que cuando Antonio Núñez Jiménez compareció en el juicio por haber sido quemado su libro Geografía de Cuba por Fulgecio Batista, durante la dictadura, dijera en su defensa: “El deber de un maestro es siempre decir la verdad”, y si la verdad que existía en Cuba era esa, él como maestro tenía que decirlo. Yo agregaría ahora otra verdad: “El deber de los alumnos es la de recordar a sus maestros siempre”.

Muchos de los aquí presentes saben que mi vida estuvo muy vinculada a la del Dr. Antonio Núñez Jiménez; me llevó a trabajar junto a él a la Academia de Ciencias de Cuba, en 1964, y me mantuve a su lado hasta el momento de su partida definitiva; junto a él me formé, aprehendí sus enseñanzas,  sus criterios, sus conocimientos, pero, sobre todo, fui partícipe muy de cerca de su amor y respeto por la Naturaleza y el Medio Ambiente.

Asimilamos sus cuidados, estudio y dedicación necesarios para estar alertas ante las amenazas que significan los cambios climáticos, y la forma en que debemos estar preparados ante cualquier contingencia o desastre.

Durante todos esos años trabajando con él y aún luego de su ausencia, nos hemos dedicado a seguir sus doctrinas ecológicas y medioambientalistas; profundizamos en la atención que todos debemos darles a estos elementos sobre la diversidad y todo lo que tenga que ver con ella; estudiarlos  no solo en nuestras cavernas y en factores geográficos en general, y recordar siempre aquella frase que sería la premisa de su vida y obra: siempre ir Hacia una cultura de la naturaleza, para entenderla, conservarla, amarla y hacerla amar.

Muchas veces lo oímos defender a la Naturaleza, anécdotas más que explícitas como la famosa alerta que diera ante la creación de una hidroeléctrica en el Río Toa, y que de no ser por su alarma y gestión hubiera acabado con todo ese ecosistema en la zona más oriental de Cuba; o vimos su desagrado e impotencia ante la tala de los grandes árboles en la Cuenca del Amazonas, que poco a poco irían reduciendo esa región, indiscutible pulmón del planeta o  cuando su rostro mostraba una sonrisa de beneplácito al oír a los pascuences decir cómo ellos luchaban por el cuidado de los bosques y la fauna existentes en esa pequeña  Isla del Pacífico.  Mi recuerdo imperecedero hacia él.

Hoy nos reunimos para recibir esta condecoración que lleva el nombre de ese eminente científico que es el Dr. Tomás Romay, ilustre personalidad cofundador, por espacio de 50 años, de la Real Sociedad Patriótica de La Habana, quien ingresara en esta Institución, el 17 de enero de 1793, en calidad de socio numerario y llegaría a miembro prominente y activo, Miembro de Honor, en 1834, y director en 1842 de esta, y que dentro de la insigne entidad fue el representante por excelencia de los proyectos de modernización de la práctica médica y la enseñanza de la Medicina en Cuba.

Para mí, es un gran honor recibir esta Distinción.

 

Antes de terminar, desearía me permitieran nombrar a los compañeros, quienes han recibido esta Orden anteriormente. Son ellos:

– Manuel Iturralde Vinent

– Juan Reynerio Fagundo

– Nicasio Viña Bayés

– Manuel Rivero Glean

Todos miembros de la Sociedad Espeleológica de Cuba y alumnos del Dr.Antonio Núñez Jiménez, y los he querido recordar porque considero que haber obtenido tan alta Distinción también debe ser un homenaje a Núñez,  alcanzada gracias a sus enseñanzas, conocimientos y nivel científico en cada uno de nosotros.

Premia la Sociedad Económica de Amigos del País a Ángel Eusebio Graña González, Vicepresidente de la Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre.

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